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Reflexiones

Valores: las raíces de una sociedad

No suelo hablar de cuestiones políticas en las redes sociales porque no suele provocar un debate serio y reflexivo, sino más bien demasiado visceral y se termina descalificando y etiquetando. Pero hace unos días y tras el terrible atentado en Barcelona, publiqué en las redes sociales una frase sencilla: “Ante tal crueldad y barbaridad, incrementaremos la producción en valores“. Hablaba del Club de baloncesto La fábrica de valores, colectivo con el que tengo la gran suerte de colaborar y cuya misión es mejorar la sociedad a través del deporte del baloncesto.

Los valores están teniendo mucha resonancia en los últimos tiempos. Eso no es bueno, ya que tendría que pasar desapercibida. Producir o infundir determinados valores en unos jóvenes no es otra cosa que invertir en sociedad. Está demostrado que la educación es muy efectiva y marca el devenir de la sociedad a lo largo de las siguientes generaciones. Las sociedades nacionalistas tuvieron repercusión social tras insertar la semilla en las escuelas.

Sin embargo, en este post me gustaría hablar de semillas más edificantes. Hablemos de Finlandia, una sociedad que a finales de los 80 y principios de los 90 todavía era un país de los llamados satélites de de la URSS y muy afectado por el muro de Berlín. Quedó rezagado y aislado del mundo y sin ninguna fortaleza desde la cual impulsar su sociedad. Sin embargo, decidió invertir en un sistema educativo potente, ecuánime y equilibrado, en el que cobrara relevancia el bien común, el crecimiento de la sociedad, la excelencia y los resultados. Lo que se mide es lo que se produce. Solo si somos capaces de medir escrupulosamente la implantación de valores, seremos capaces de producirlos.

La esencia del sistema educativo finlandés es el bien común, la construcción de una sociedad sana y equilibrada. ¿Qué tipo de profesionales contratar para implantar una estrategia así? Estaba claro, los mejores profesores, remunerados con los mejores sueldos del país. Desde aquel momento, se les otorgó el papel de autoridad nacional, se les dotó de medios y se les exigieron los resultados para los que fueron contratados. Algo similar a lo que hacen las empresas: contratar el mejor talento para la obtención de los mejores resultados. Los valores que hay detrás de este proyecto merecen la inversión realizada: el bien común, el medioambiente, la sostenibilidad, la felicidad, etc…

A este respecto, quería citar a Christian Felberg, economista e impulsor de la corriente de la economía del bien común y que difunde un mensaje similar. La economía debe velar por la sociedad, por la colectividad. La prosperidad de los países actualmente se miden en función del PIB y del balance financiero, cuando debían medirse por algún tipo de indice de beneficio social, de participación en la sociedad. Hoy por hoy, los inversores acuden a los mercados para invertir en empresas cuya cotización (influenciada por el beneficio económico financiero) tenga un gran potencial y sin embargo no hay mercados donde se cotice la acción de una empresa en función de su aportación a la sociedad.

Juan Carlos Cubeiro, en su libro “Del capitalismo al talentismo“, sugiere alguna idea parecida. Tras varias revoluciones industriales que han marcado las eras en nuestra sociedad, ha llegado un momento en el que la materia prima más escasa y más demandada ya no es el capital. El capital se ha convertido en un fin en si mismo y no en un medio para prosperar. Las gobiernos no han dejado de imprimir dinero cada vez que hacía falta y el capital abunda en el planeta aunque no bien repartido. Según Cubeiro, la materia prima más demandada hoy en día es el talento.

¿Pero qué es el talento? Es poner en valor tu inteligencia y obtener resultados. Tener inteligencia puede ser tener gran capacidad para almacenar datos y realizar determinadas tareas, pero tener talento es tener la capacidad poner en valor esa fortaleza. Hay que convertir conocimientos en comportamientos. Hay que actuar en lugar de criticar o recitar. Hay que atreverse, arriesgase para tomar acción, porque solo desde la acción empieza el verdadero aprendizaje. De esto se ha dado cuenta ya el mundo del emprendimiento y se ha instaurado el método  “lean Startup“, que concibe la puesta en marcha del plan de negocio con la menor inversión posible, como la mejor de las formaciones posibles. A andar se aprende andando. Esto es talento.

La crisis es constante en nuestras vidas y nosotros estaremos o no dentro de ella en función de nuestro talento, de lo que seamos capaces de hacer (no de ser, ni de tener) para salir de ella.

De todo esto trata mi próximo libro. De cómo las empresas y las personas han navegado a lo largo de este cambio de era.

La foto está realizada por mí hace un par de años en Valencia. Da gusto los árboles de aquella ciudad y con mi hija, que es la modelo 😉

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