Icono del sitio José Luis Serrano

El inspector del amor

Ahí fuera hay un hombre esperando como un pasmarote. Trajeado bajo un sol de justicia en pleno agosto y con un maletín en la mano. Así fue mi primer día. Llevaba algunos minutos esperando, así que me dirigí a él. Me preguntó si trabajaba allí Nelly Medina. Asentí. Luego que si yo también trabaja allí y le respondí que temporalmente sí. «Soy inspector, puedo hacerle unas preguntas». «¿A mí?» el hombre asintió impávido. «Bueno, vale». Miró a la puerta y dio un paso en su misma dirección. Supuse que quería cierta intimidad así que subimos a las oficinas, nos sentamos y sacó su libreta. «Dígame, qué sabe usted de Nelly».

El tiempo se detuvo. Me acordé de las habladurías de Tomás. «Pídela un conjuro, no se te resistirán». Pensé que quizás habría intentado algún casamiento y la habrían pillado, pero nunca creí que estuviera prohibido. «Bueno, le puedo decir más bien poco. Eso sí, cocina como los ángeles», le sonreí pero él se mantenía impertérrito. «La verdad es que me tiene encandilado con sus guisos», dije. «¿Sabe usted si está casada?». Me extrañó esa pregunta en un inspector. «Oiga pero ¿qué es lo que ha venido a inspeccionar?»

Me dijo que pertenecía a la Brigada de extranjería. Tenía orden de investigar el matrimonio de Nelly para asegurarse de que no fuera motivado por algún interés. «¿Quiere usted saber si el motivo de haberse casado es distinto al del amor?». «Si, bueno. En realidad es así». Al menos ya sabía que no había venido para interesarse por esas habladurías que dicen que Nelly tiene poderes casamenteros, sino a investigar si en su matrimonio había amor. Me sorprendí, pero luego comprendí que si estaba en su mano desplegar hechizos para forzar emparejamientos, con mayor razón podría llevarlos a cabo en beneficio propio. Venancio era un hombre sencillo, del pueblo, brutote la verdad, pero noble. Se le veía que la quería, aunque Venancio es de fácil querer. Al hombre le pierde los guisos de la Nelly y luego se echa a dormir con esa cara de niño regordete y feliz, con su barba grasienta. Y con algunos ahorrillos él mismo se hizo su casa. Pero nada de esto le dije al inspector.

— Y entonces ¿usted se encarga de certificar si en esa relación hay amor o no? —pregunté. El inspector asintió sin pestañear, pero esta vez tardó algo más.

— Digamos que intento averiguar si es por conveniencia, para obtener la nacionalidad.

— Y si no hay amor, ¿le deniega la nacionalidad? Porque entiendo que es la ausencia de amor lo que prueba la conveniencia. —Se movió en el asiento.

—Bueno, algo así. ¿Usted les suele ver juntos? —preguntó.

—Pero ¿juntos, juntos?. ¿Se refiere usted a si practican el… amor?

—No, tanto no pretendo oiga.

—Pero dígame, supongo que tendrá algún dispositivo, ¡un detector de amor, eso! —Se escuchó llegar a una de las furgonetas. —Un momento, va a tener usted suerte. Creo que es Venancio. Viene a recogerla, a Nelly, ¿sabe usted?

Nos levantamos y corrimos a la ventana. Era Venancio. Como cada tarde, venía para recoger a su mujer, a Nelly, después de la comida. Sonó el claxon y salió del coche. Su habitual camisa verde con churretes de grasa y asomando la lorza del ombligo peludo. El palillo en la boca a punto de caer y la gorra azul. Nelly llegó corriendo, meneando su voluptuosidad en chanclas, cargada de bolsas y agitando sus brazos.

—Pero bueno, ya te vale papito, vaya horas. Ya te has dormido, como siempre. Anda venga, vamos mi amol. —Venancio intentó darle un achuchón pero se encontró con un pescozón que le dejó descolocada la gorra, aunque no consiguió borrar su eterna sonrisa somnolienta.

—¿Lo ve? ¿eh? ¿Hay amor o no? —El inspector me miró. Detecté en su mirada algo distinto. Un brillo quizás. Se fue sin despedirse. Su ultima mirada fue de tristeza. En aquel hombre taciturno podría ser cierta melancolía, como si echara de menos algo así en su vida. El encuentro lo había decepcionado, sin duda. Tenía el corazón vacío de amor y cuando lo reconocía en alguien, se llenaba de amargura. Ese era su verdadero detector. Cuando su corazón segregaba amargura, él cerraba el expediente.

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