Icono del sitio José Luis Serrano

Entre julios. Reseña “El origen del bien” de Iñaki reyes.  

En primera persona y no necesariamente autobiográfico, aunque esto siempre es una incógnita. No estoy yo autorizado para afirmar nada al respecto. Aunque supongo si has probado todos esos placeres tienes mucho por escribir. 

 

La historia nace un mes de julio de un año y muere al año. A través de sus páginas el autor nos guía por dos tipos de viajes, uno geográfico y otro vital (emocional, existencial, mental).

 

Del viaje geográfico destaca la interesantísima guía de ocio que nos propone plagada de maravillosos placeres a los que a uno le gustaría abandonarse. Locales de alterne desde los que disfrutar los recovecos de la noche, magníficos restaurantes donde probar unos bocados arrebatadores, terrazas como esta del café Gijón del que no hace falta más que otear el libro de visitas y leer auténticos long seller como la colmena. Pero antes de cruzar el charco para zambullirnos en alguno de los sitios más atractivos del planeta, nos habla de los atributos de este café Gijón, con una clara vocación de permanenciaen el tiempo y que desde 1888 aguanta como un púgil y que a través de Pepe, que no sé si es alguien real, un limpiador de este local que a base de esfuerzo y sacrificio “compromete su vida a conservarlo”. Parte la novela presentándonos unos valores sólidos y para eso se apoya también en licores y habanos legendarios. 

 

Lo del viaje interior es más interpretable. Esto es lo bueno de la literatura, que está abierto a las interpretaciones del lector que lo llega a convertir en novelas distintas. Esa es la riqueza. 

 

La novela comienza y termina aquí. Es el punto de origen y el punto de destino de ese viaje. Dos imágenes de Asier. La primera, con una copa de coñac y un habano lancero. La segunda es distinta. Y de estos detalles yo extraigo matices. La mirada de Asier en la primera imagen es de fuerza, de brío, de ganas de comerse el mundo y cometer errores. La segunda no. Entre otras cosas porque cierra los ojos. Su mirada es más bien hacia dentro. 

 

En la primera nos habla en pretérito imperfecto e indefinido. En la segunda ha centrado la atención. Emplea el presente y el pretérito perfecto. La noche es calidad, el viento está escondido. ¿Qué pretende? Parar el tiempo y paladear su sentimiento. 

 

Este detalle nos habla de un aprendizaje del protagonista. De una especie de crecimiento o decrecimiento, esto lo dirá el lector. Por eso nos para y nos cuenta con menos palabras mucho más. A lo largo de estos viajes Asier va perdiendo cosas, unas buenas y otras menos buenas. Pero en el capítulo final Iñaki nos muestra a un Asier que se ha desprendido de dos cosas pero mantiene otras dos. Yo he hecho un ejercicio de encontrar afinidades a estas cosas y he llegado a mis propias conclusiones. 

 

Y creo que en ese juego se condensa el aprendizaje de esta lección de filosofía. ¿Por qué digo que es una lección de filosofía? Examinando sus raíces griegas, etimológicamente, la filosofía se define como amor a la sabiduría. … La filosofía es el deseo por conocer la realidad, por vivir en la verdad. Pero ¿Qué es la realidad? ¿Existe una realidad, varias? Maravilloso tema del que merece la pena escribir. Y esta novela nos habla de eso mismo a través de un personaje que tiene aciertos y errores. 

 

Emociones: Una montaña rusa, así lo describe el propio Asier en la novela. Unas veces arriba y otras abajo. Es magnífico acompañarle en sus peripecias sexuales en primera persona pero también lo es cuando le asalta la rabia, la tristeza y el amargor de la envidia, el odio, pero también alegría, amor, pasión. Nos habla de liderazgo y cuestiona un tipo de liderazgo. Y creo que aquí hay otra lección. En Asier vemos el liderazgo constructivo de la manada, el destructivo que acaba desmembrando el grupo por cierta actitud promiscua y otro liderazgo, el que trata de avanzar en la construcción del yo interior. 

 

Amor: Sin duda es una novela de amor. De amor, desamor, de un tipo de amor al amigo (amistad) y un amor a la parte más placentera de la persona, al sexo. Este es el verdadero coctel de la novela. Iñaki, hay que ponerle un nombre a este coctel. Es un amor líquido, como nos dice el sociólogo Zigmunt Bauman, que aparece y desaparece fugazmente y sin dejar huella. Tan fugaz e intenso como cambiante y tanto que cambian hasta de habitación. Un detalle que plasma ese tipo de amor líquido es cuando el protagonista, después de una sesión amorosa dice “acostumbro a lavarme las manos después de hacer el amor”. Las palabras son jaulas de conceptos y encierran y esta frase da mucho juego. Esta liquidez contrasta con la solidez de aquellos valores de que representa el café Gijón, los licores y los habanos. Liquidez y fugacidad frente a permanencia y tradición.  

 

En definitiva, una novela que cuenta cómo la principal fuente de aprendizaje de filosofía no es tanto la universidad como la propia vida y que cuanto más implicación emocional, mayor aprendizaje. Y es la propia vida también la principal fuente de aprendizaje de un escritor que para narrar en primera persona como has hecho, uno ha de vivir cuantas más experiencias en primera persona mejor. 

 

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