Icono del sitio José Luis Serrano

Inteligencia y valentía no siempre vienen juntas

Generalmente, cuando a un escritor le hacen elegir entre la lectura o la escritura, suele decantarse por la lectura. Parece que sin lectura se extingue la materia prima. Es la vía de entrada de ese sustrato nutritivo que necesita la imaginación para prender la mecha que termina articulando un pensamiento.

Supongo que las sensaciones también terminan decantando la decisión. No es lo mismo sentir que escribes en ese momento fecundo en que la mano guía el bolígrafo del que brotan escenas proyectadas en el envés de los ojos que hacerlo a trompicones en espera de esa visión o palabro que encaje con fórceps en el texto. Y tampoco es igual leer un folleto cargado de ideología que deslizar la mirada por esos renglones invisibles que vibran como cuerdas de guitarra para imprimir tantas emociones que al final no sabes si lo has vivido o es ese libro que estás leyendo y que te tiene sumergido bajo sus aguas.

Acabo de leer dos artículos en el dominical de El País. Rosa Montero y Javier Marías tienen su espacio dominical es esta revista que mejora con el tiempo. Si algo suscita en mí envidia, de la mala, de la guarra, de esa puta envidia hablando en plata, es la jodida inteligencia. He de decir en mi descargo que, al menos, la reconozco cuando se presenta. No es tan habitual. Y en estos rincones de “El País semanal” se desprende esa elegante fragancia que desprenden escasas personas.

Pero hay algo más. No se puede suponer que la valentía viene acompañada de la inteligencia. No es así. Son cualidades diferentes. La valentía supone que, aun siendo consciente de cierta superioridad intelectual, moral, etc., se está en disposición de poner en juego algo por defender una causa noble. Porque lo que subyace de quien defiende lo innoble habitualmente es el miedo y la cobardía la causante. Es cierto que desde la inteligencia esa defensa es más contundente porque se emplea mayores y mejores recursos en esa defensa.

Ambos escriben sobre la palabra. Parece mentira que un código escrito o hablado sea tan poderoso. Y también lo parece que una gran parte del ser humano sea capaz de manejarlo para comunicarse. Tan increíble como que me siento incapaz de escribir dos renglones en alemán y sin embargo fluyo en este maravilloso idioma del castellano sin esfuerzo alguno, ya sea escrito a mano o aporreando sobre las teclas de una consola. Incluso podría entender sin llegar a leerlo, solo intuyendo las formas que dibujan unos renglones.

Es verdad que el silencio se hace necesario a menudo y que puede ser más expresivo en ocasiones, porque forma parte del lenguaje. También es un código que puede reforzar, subrayar, interrogar u otorgar un mensaje. Pero para el silencio no hace falta construir ningún tipo de código, ni tampoco hay que arrojar nada, sino que basta con ser oportuno.

Hay algo que es digno de destacar entre quienes hacen uso de la palabra. Optan por exponerse. En cualquier ámbito, ya sean redes sociales, en el ámbito profesional, manuales, novelas, etc., uno se expone a que el resto opine a favor o en contra, a la crítica en definitiva y a una posible pérdida de credibilidad. Por tanto, creo que eso ya suma.

Y luego está el dibujo. Me gusta llamarlo así. No es igual presentar un mensaje bien trazado, equilibrado, armónico, que otro ofensivo, arrítmico y chabacano.

Con el lenguaje dibujamos nuestra identidad. Esto es lo mágico de la palabra, porque cada una de ellas son los ladrillos de la edificación de una identidad en un entorno social.

El lenguaje en cualquiera de sus formas son esculturas que al entregarlas suscitan emociones. Por eso no es conveniente olvidar que somos constructores de nuestra identidad en cada detalle, cada palabra y cada gesto, de igual manera que un relato teje una historia a base de pespuntes de nuestra intimidad.

Caligrama de Guillaume Apollinaire: Poeme 22

Cuando descubro que hay medios que reservan espacios a esa inteligencia valiente percibo que todavía hay huecos para la esperanza y siento gratitud; al medio, a Rosa Montero y a Javier Marías; por exponerse y por dibujar identidades con trazos sutiles, valientes e inteligentes.

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