Icono del sitio José Luis Serrano

El regusto del vagón

Este domingo fui a Madrid en tren. Cuando me acomodé, saqué mi teléfono para continuar la lectura de “Hombres buenos” de A. Pérez Reverte. El lenguaje de Arturo es exuberante y sus recursos apabullantes. No termino de comprender cómo pueden existir hombres con esa capacidad para absorberlo todo. Sigo su actividad literaria, conferencias, intervenciones en redes, entrevistas, etc. y en todas ellas habla de cómo organiza su jornada de trabajo para la cual no creo que tenga tiempo. En fin, cuando inicio la lectura, el tren se pone en marcha. Siento ese placer del traqueteo que transporta a todo ser humano a la barriga de la madre. Me recorre desde los pies el regusto de saber que me esperan treinta y cinco minutos de lectura relajada.

Se escuchan tres voces de mujeres excesivamente jóvenes que eclipsan el sonido creciente del vagón. Emergen desde detrás y ocupan tres asientos cercanos. Mientras se sientan y colocan sus escasos bultos no paran de hablar. Se solapan las voces pero da igual, parecen entenderse. Parece como si no hubieran reparado que en el vagón hay más gente y la mayoría las observa de reojo, aguardando que les invada la paz del traqueteo. Pero parece no haber nacido de ninguna tripa. Son insensibles a cualquier vestigio de armonía. No sienten nada cuando el tren abandona un lugar, ni siquiera miran cómo el paisaje es arrastrado tras las ventanas. Da igual, pienso. Intento concentrarme en mi libro.

La que queda a mi izquierda se sienta sola, frente a otra persona en silencio y gafas oscuras. Ni siquiera ha reparado en ella. No para de hablar. Vocaliza a la perfección y su voz es melódica. Alarga las silabas musicalmente y las culmina con un espacio nasal. Es como si estuviera leyendo ante un publico en espera de un aplauso. Se gusta. Se ve que imbrica muy bien con las interjecciones de sus compañeras a las que reconduce el tema e incluso apoya gestualmente esas partes que la interesan. Cuenta que su cuñada acaba de terminar un proceso con su psiquiatra y vive en su casa con su familia. Dice que está harta de ella, que no hace más que estar tumbada en el sofá “a ver si se va”.

La de en medio saca su móvil para mostrarlas una publicación de Instagram. Dice que son mensajes que una amiga sube para que un admirador las vea. Luego le bloquea. “Tía, es como si le encerrara en una jaula y solo le sacara para darle de comer insultos hacia su persona”. “Hija, pues más tonto es él que sigue viéndolos…”.

Y la última cuenta que la semana pasada fue a un antro. Decían que era un karaoke pero esa era la tapadera. “Tía, un garito asqueroso. Un pasillo “mazo” de largo con una barra inmensa y cantidad de reservados a la derecha donde se metían tíos de esos que han fracasado en el amor, de cincuenta para arriba. Ostia mi amigo se fue a bailar un rato y uno de la barra mi miraba. Ostias como venga le arreo una ostia, así, según viene….¡pum!”. Llevaba la mascarilla puesta pero imaginé que lo dijo con los labios metidos hacia dentro y con el mentón prominente.

…Renfe les informa que en breves momentos llegamos a Atocha…”. El tren se para antes de la estación, pero da igual, la pareja de detrás de mi asiento se levanta. Son mayores ya, pero ella se hace la tonta y disimula su edad. Su cabello es rubio platino brillante. La parte de su cabellera que se ve delante del espejo está perfectamente peinada, pero en los ángulos muertos lleva una maraña desordenada por la que trasluce el cuero cabelludo. No deja de hablar. Cuando están de pie se dan cuenta de que el tren no ha alcanzado la estación todavía y ella se recuesta en el respaldo de mi butaca. Le cuenta a su pareja —que escucha abrumado— que alguien tiene muchos millones. “Que lo haga él, no te jode… que tanto dinero tiene. Y si no que lo reparta, que luego vienen los problemas con los cuñados, los sobrinos…” Cada gesto que hace lo transmite a mi butaca y yo me meneo. En un principio me enfado pero luego pienso que ese puede ser el coste de tanto material para mis próximas historias. Además, son gratis.

Hay gente que tiene un gran talento para narrar historias, crear personajes, generar víctimas y tramas tan potentes como en el mejor best seller. En realidad sienten ese poder infinito de un escritor para recrear personajes, convertirlos en víctimas y decidir sus designios. Una cuñada de psiquiatra, un masoquista de las redes, un cincuentón fracasado en el amor a punto de ser ahostiado y un milloneti que debiera empezar a repartir antes de que se cumpla el aviso de una rubia senil capaz de adiestrar a hombres para que no abran el pico mientras asientan sus sentencias.

Y yo que pensaba que Reverte era un genio. En cada paso hay un viaje.

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