Icono del sitio José Luis Serrano

La roca de mi bandera.

¿Qué es un maratón?¿por qué decide un atleta popular participar en una carrera así? O mejor dicho, ¿para qué? ¿Qué puede representar? Todas estas son preguntas habituales que surgen en la cabeza de muchos que se extrañan de ver cómo miles de personas hacen un esfuerzo extraordinario a cambio de … ¿nada?

Y no solo surgen esos interrogantes en quienes observan desde fuera, sino también en el propio atleta. Y lo que es peor, muchas de esas preguntas surgen en plena carrera, lo que no es ni mucho menos una fuente de motivación, porque las respuestas no terminan de llegar, sino que todos esos interrogantes se quedan sobrevolando en nuestras cabezas kilometro tras kilometro y a cada paso, tanto más pesan.

Todo comienza como la mayoría de las cosas importantes, sin percatarnos. Una lectura de un artículo, una conversación con un amigo, etc, son en ocasiones detonantes de una nueva afición. De igual manera que cualquier ascenso a una cumbre comienza con el primer paso, el inicio de la culminación de un maratón es ese día que decides ponerte las zapatillas y salir a «probarte». Muy probablemente ese bautizo resultará doloroso y te hará consciente de las dificultades que vas a tener que sortear para cruzar la meta. Pero da igual, la semilla ya ha germinado.

Quien decide correr un maratón no sabe muy bien a qué se enfrenta. Un atleta popular debe afrontar un proceso de crecimiento en soledad. El entrenamiento no es solo físico, sino que se hace necesario hacer cada día un recorrido mental mediante el cual uno decide permanecer cuando las adversidades aparecen. Las carreras populares suelen ser en épocas de buena temperatura, en días en los que el corredor puede ir ligero de ropa, aparecen los rayos de sol, las fotografías bonitas, el color, gafas de sol, gorras, refrescos, etc.. No cabe duda de que las imágenes tienen todos esos atributos que tienen los grandes recuerdos.

Pero esas imágenes solo son una diminuta parte de la carera. El maratón real subyace bajo todo eso. Cuando un atleta entra a la meta no muestra toda la alegría al exterior sino que hay una parte importante de sí mismo que se arrodilla humildemente para dar gracias ante una Verdad que ha ido emergiendo poco a poco durante cada entrenamiento. Cuando un corredor decide permanecer corriendo durante un día de febrero, anochecido ya, después de una jornada de trabajo intenso y de atender las necesidades familiares, cuando un

viento helado se cuela entre el sudor de tu cuerpo y trata de sofocar cualquier atisbo de motivación, lo hace porque ha intuido que ese mismo viento que ha arrastrado la arena de algún sendero mental ha permitido que aflore algo oculto hasta ese momento.

Es como una especie de tesoro olvidado emergiera del suelo cuando el viento arrastra la arena.

Por eso entrena, porque cada día que entrena intuye que algo grande se mueve bajo sus pies.

Un símbolo en ciernes.

El corredor decide, sin saber muy bien por qué, permanecer ante el frío, empujar contra el viento, soportar el hambre, vencer la tibieza y el hastío de cada día para salir a entrenar. Y en ese proceso, su mente aprende a convivir ante el dolor. Permanecer pese a todo. Y uno comienza a identificar en su mente esa roca que aflora cuando el viento helado arrastra la arena. Esa es la verdadera carrera.

El día antes.

Sin embargo, a pesar de tener ante sí la seguridad de que uno es merecedor de la medalla, de que ha experimentado la sensación de haber conquistado esa roca, llega el día anterior y surge algo inesperado. Como en las grandes novelas, después de casi toda la trama resolviendo dificultades, el guerrero se encuentra ante una última dificultad titánica. Debe ahora ascender en soledad a la cima de esa gran roca que ha ido emergiendo a lo largo de todo el año. Duda. Surgen dolores inesperados y lesiones inventadas. La mente traiciona y te taladra a cada minuto diciendo que te has roto y que si corres la maratón te romperás de por vida. Que no es sano y que no merece la pena.

Que solo la élite gana en esto y los demás somos comparsa.

Que ya tienes 51 años y que esta no es tu película. Y te acuerdas entonces de la batalla de Maratón, de esa ciudad en la costa cercana a Atenas, tan cercana como la distancia que separa la salida de la meta. Y te das cuenta de por qué aquel soldado que avisó de la victoria tras recorrer esa distancia pasó a la historia. Porque lo importante no era el mensaje de la victoria sino lo que simbolizaba.

Alea jacta est

No has hecho nada si no culminas la carrera.

Uno siente que esa roca tiene pies de barro y que se desmoronará en dos segundos, levantando una polvareda insoportable. Entonces percibirás que todo ha sido una ilusión. Que en realidad no era un tesoro, sino una protuberancia sin sustento, consecuencia de la inflamación temporal del terreno por el que pisas; que explotará como ese bizcocho en el horno cuando la masa no está bien resuelta. Es en ese momento cuando te das cuenta que solo hay un camino: culminar.

Y te encuentras ante la salida. Rodeado de miles de corredores anónimos. Ya no hay compadreo. En las caras de la gente hay ojos de sueño, miradas perdidas, en vilo, que reflejan el estado del alma. Se encuentran ante la roca, su roca, y han percibido eso mismo, que puede tratarse de un «bluf». Suena la música. Y surgen unos pensamientos. Te acuerdas entonces de esas dificultades en tu vida. De esos temores. Te acuerdas de tu familia y ves en cada uno de sus miembros un motivo poderoso. Son tu batallón. Y comienzas a intuir la textura de una gran piedra. Buena señal. Algo en tu pecho se hincha. Tus puños perciben una extraña sensación, como si fueran a convertirse en

garras de felino, o de águila. Tu vista deja de ver lo que te rodea y se ha dado la vuelta como hacen los calcetines.

Y el único asfalto que surge ante ti es el del recorrido hacia algún recóndito lugar de tu ser.

Algo sucede. Desapareces. Y apareces de repente arrodillado de gratitud ante una roca gigante y maravillosa. No estás en la cumbre, sino abajo. Arrodillado y agradecido.

¿Has crecido? Has llegado.

La gran roca de “La cuarta semilla”

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