Icono del sitio José Luis Serrano

“La pequeña librería de Stefan Zweig”. Un agradable recoveco.

Así como ese abrigo resaltado de la portada fue apareciendo ante mi esta breve novela. Me encontraba en la feria del libro con varios amigos y decidimos dirigirnos a la caseta 105 de la editorial «Almuzara» para adquirir la última aportación de nuestra amiga y compañera María Calvo, que nos acompañaba en ese momento. «Comunicación no verbal para humanos curiosos» me interesaba mucho. Pocas personas saben que soy estudiante del grado de comunicación y tengo una pequeña biblioteca de este tema que voy alimentando poco a poco.

Éramos varios al llegar a la caseta y casi cubrimos el frontal entero. Preguntamos por el libro pero dio la causalidad que en ese momento se habían quedado sin ejemplares. Fueron dos o tres minutos los que esperamos, durante los cuales el encargado entraba y salía apurado buscando y preguntando. En uno de los cruces, mi mirada pasó de soslayo por la portada de un libro que tenía justo en frente y mi retina se guardó un bonito abrigo y un nombre: Stefan Zweig.

—Lo siento, pero no lo tenemos. Nos llegará mañana». —¡Vaya! una lástima. El librero parecía angustiado y María algo decepcionada. Mi mirada se volvió a posar en la fachada de la preciosa librería ante la cual leía el señor del abrigo bermellón. Sobre el stand habría alguna decena que otra de aquellas portadas con el mismo abrigo repetido. Deduzco que mi vista recayó en ellos porque llevo meses investigando sobre este autor: Stefan Zweig. Reconozco que hasta hace poco no recaí sobre su existencia.

—Esperen, voy a mirar de nuevo. Tengo una caja sin abrir. —¡Qué bien! Todos nos ilusionamos con poder llevarnos el libro de María. Qué bonita portada y qué interesante me parece este libro. Llamaba la atención su pequeño tamaño. La textura del papel del libro, algo áspero y ligero invitaban a cogerlo y abrirlo. Lo hice.

—Lo siento. Pensé que tendría una caja sin abrir pero es de otro título. Mañana lo tendremos. —¡Vaya! Nos lamentamos. Yo continuaba con el libro en la mano sin abrir.

—Es una historia sobre una brevísima visita que Stefan Zweig realizó a una librería en Vigo. —Una voz me amplió Informacion. Busqué su procedencia y enseguida la descubrí. Era la voz de un hombre sentado ante mí. No entendí cómo no le había visto antes. Estaba sentado, con su mascarilla, armado de una paciencia infinita mientras nuestro grupo impedía que el público de la feria accediera al expositor donde mostraba unos ejemplares de su obra.

—¡Ah es suyo! Disculpe que estamos aquí como si nada y hemos invadido su espacio.

—No se preocupe —me respondió.

Su voz emergió como lo hizo el abrigo de la portada del libro. Resaltada de entre el murmullo de la caseta pero muy armónica y oportuna.

—En su viaje a Brasil, el barco hizo una parada imprevista en Vigo. Y allí visitó esa librería. Es la historia de unas horas —añadió.

Pensé en ese libro como un recoveco de la historia mundial. La literatura está firmada en realidad por jugosos recovecos. Es la sustancia que desprenden los rincones la materia prima de la literatura. Otras disciplinas se encargan de los datos y la información estructural de la humanidad. Pero la narrativa es un tapiz confeccionado por un enjambre de anécdotas de gente común que sin embargo determinan el itinerario de los grandes acontecimientos.

Pedí disculpas a Francisco Uría, su autor, por la invasión de su espacio. Francisco emergió entre la niebla de mi atención como las grandes personas. Desde el silencio, aprovechando la oportunidad jugosa que solo sabe captar la inteligencia. Adquirí el libro y me sumergí durante dos tardes en aquella historia. Es lo que duró mi inmersión porque una vez sumergido decidí no salir a respirar hasta el final. Un novela deliciosa y recomendable.

Al terminar leí la presentación de su autor y sentí que esa historia había sido fruto de momentos de devoción en los que el alma del autor trataría de embelesarse con esas horas en las que uno se inmiscuye en una realidad distinta a la de sus obligaciones diarias.

Pasaros cuando podáis por este recoveco de la historia reciente occidental para reconocer la fragancia de esa sustancia intelectual.

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