Icono del sitio José Luis Serrano

El huevo de la Feria del Libro de Madrid

Salvo el pasado, ese en el que todo se detuvo, cada año se repite una feria internacional donde acuden todos los agentes del sector editorial. Sin embargo, el año del bicho parece que, lejos de no suponer nada, provocó un reajuste en los hábitos del público y por tanto también que se movieran ciertas estructuras editoriales. Y eso se ha notado durante la presente edición.

Es la segunda vez que acudo a una caseta de la feria, más que a firmar, a que esa historia que ha visto la luz tenga un hueco testimonial en un foro internacional y a estar al lado del lector que haya querido o podido acudir a saludarme, algo que, por cierto, desata un sentimiento de gratitud en el autor difícil de describir. No voy a engañar a nadie diciendo que hubo grandes colas esperando para que le dedicara su ejemplar (eso sucede excepcionalmente) pero sí es cierto que hay personas que han vivido de forma especial el libro y te sorprenden con su manera de interpretarle.

El momento en el que un lector te aporta su visión del libro, su manera de vivir tu historia, calma en alguna medida un sentimiento que os contaré. Resulta que cada vez que decido escribir una historia la percibo como un coste, concretamente como un «coste de oportunidad», ese que dicen los economistas que supone el hecho de que, al haber invertido recursos en producir una historia, he desechado infinitas otras opciones narrativas que podrían haber impactado igual a mejor. Por tanto, al decantarme en este caso por «La cuarta semilla» dejé de escribir innumerables más que rondaban por mi cabeza y que pudieron haber sido creadas y sin embargo fueron descartadas. Pero en este tipo de encuentros gremiales, donde uno tiene la oportunidad de verse y departir con los lectores, compruebo que esto no es así.

La historia me perteneció en el momento en que la estuve escribiendo. Durante esos días el autor es como un Dios creador, capaz de crear personajes y hacerlos desaparecer, de dotarlos de un sentimiento adecuado o necesario para que la historia derrote por el itinerario elegido. Sin embargo, cuando el libro sale a la luz, deja de pertenecer al autor porque cada lector hace suya la trama y la interpreta conforme a su experiencia y vivencias, engendrando otra novela con un significado totalmente distinto. Por tanto, ya no existe un único relato sino uno por cada lector y su coste de oportunidad se reduce a la mínima expresión. Esto es lo verdaderamente mágico de la feria.

Suelo decir que para mí escribir es algo fisiológico. Uno siente una necesidad interior de contar, de expresar un sentimiento más o menos definido o trabajado, y que cuando lo hago, dejo de percibir el tiempo. Cuando termino, miro el reloj y sigo sorprendiéndome de cómo escurre el tiempo en el interior de mi universo. Es como cuando vas dando pasos en una cuesta arriba y de repente pisaras una cáscara de plátano y el pie resbalara a una velocidad imprevista. En la realidad convencional, cuando los pasos son normales, el paso del pie mantiene una velocidad esperada. Pero cuando entra en contacto con la cáscara de plátano, durante esa otra realidad onírica, la velocidad del pie se multiplica.

Del mismo modo, dentro de esa realidad onírica, cuando termino de escribir siento lo mismo que debe experimentar una gallina al poner su huevo. Ese que se luego se convertirá en un huevo cocido, frito, revuelto o en un polluelo, pero lo cierto es que la gallina ha hecho eso para lo que ha venido a este mundo: a poner su huevo. Ha cumplido su misión.

El ser humano tiene la posibilidad de hablar de su huevo y comprobar que cada lector lo convierte en un nuevo universo incluso más rico que el creado por el autor.

En las ferias no hay coste de oportunidad, sino que cada huevo engendrar en su interior exuberantes universos gracias a la riqueza interior de cada lector.

Sirva esta entrada para expresar mi sincera gratitud a quienes me acompañaron para echar un ratito y charlar de mi huevo, de vuestro polluelo o lo que quiera que sea eso en que se ha convertido «La cuarta semilla».

Y gracias también a ese universo MAPEA que aportó eso que es necesario para que el huevo genere un polluelo: calor, calidez, cariño, amor.

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