Icono del sitio José Luis Serrano

Wakefield; la tentación del paso a un lado

Nathaniel Hawthorne nació en 1804. Antes de disertar sobre un escrito es interesante ubicar a su autor. Norteamericano de Salem, en Massachussets. Algo mayor que Herman Melville, también norteamericano, a quien conoció y de quien se dice que recibió una importante influencia. Sobre este aspecto, decir que son muchos los que afirman que Wakefield, el protagonista del cuento, guarda un parecido interesante con el Bartleby, el personaje de la novela del mismo nombre escrito por Herman Melville. Curioso.

Ninguno de los dos personajes, ni Wakefield, ni Bartleby, reúne ni uno solo de los

que debe reunir un personaje que aspire a inspirar a los lectores y contribuya a ser un éxito editorial. Ambos inclinados a la no acción, una rara procrastinación. Esta incógnita es quizás la base del éxito de estos personajes.

«Wakefield» es un cuento que ha adquirido cierta notoriedad en los últimos tiempos. Quizás desde que José Luis Borges lo elogiara públicamente y dijera que se trata de uno de los precursores de Franz Kafka, es decir, que inspiraría a este en su obra.

El relato comienza con una especie de invitación a la reflexión sobre qué pudo pasarle por la cabeza al protagonista de una noticia que el narrador leyó algún día en algún lugar. La noticia informaba de un señor que había vuelto a su casa tras desaparecer durante veinte años. Pero lo sorprendente de este relato es que el desaparecido se alojó durante ese tiempo en un apartamento frente a su casa, desde el que observaba el

sufrimiento de su mujer.

El narrador presenta al protagonista como un «corazón aletargado», como alguien disperso incapaz de centrar su proyecto. El hecho de que describa las acciones del protagonista en presente y trate al lector en primera persona del plural, y le hará partícipe de ese debate mediante el cual podamos saber qué ocurrió, provoca que el lector se sumerja con cierta intensidad en la escena.

Termina el cuento con una moraleja en la que expresa cómo el ser humano se ciñe con una facilidad pasmosa a un sistema preestablecido. Sin embargo, también menciona con qué facilidad nos exponemos al pavoroso riesgo de perder para siempre nuestro lugar en el mundo dando un inocente paso a un lado. Tras este paso, las referencias comienzan a diluirse y uno pierde la noción del tiempo. En la mentalidad del desaparecido se van conformando historias que podrían dilatar el tiempo de espera al pensar que su mujer ya no le espera, o que no está sufriendo lo suficiente, etc…

Hay dos momentos en el cuento que provocan en el lector un giro. Dos sonrisas perversas. La primera de ellas es al despedirse. Justo antes de cerrar la puerta su mujer, esta ve en el rostro de su marido una mueva de cierta perversidad. Y la otra es justo antes de abrir la puerta con su llave en el momento de su vuelta. Un detalle más con el que el autor azuza la imaginación del lector.

En definitiva, es la historia de una especulación, en la que el autor sabe ganarse el interés del lector al invitar a la hipótesis sobre la motivación de una aventura extravagante construida desde la inacción y el silencio.

Os dejo con una secuencia de la película.

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