José Luis Serrano

RENCOR DESESTRUCTURADO

Alfredo empujó la puerta con el hombro. Se esforzaba en que su compañero Fran comprendiera alguna explicación. Nada más entrar, se detuvieron y Fran oteó a su alrededor en busca de alguna mesa libre. Alfredo continuaba gesticulando con sus brazos. —Es desagradable Fran. Desde que entré en la empresa, no ha dejado de mirarme con desprecio.

Fran avistó un sitio libre frente a la cristalera y caminó entre la clientela. Se sentaron y Alfredo echó una mirada a su alrededor. Cayó en la cuenta de que estaba en la cafetería donde desayunaban cada día. Enseguida buscó a su alrededor las referencias con las que solía recrearse cada mañana. No conocía nada de ellas. Y tampoco parecía importarle que la realidad le estropeara sus composiciones mentales.

La primera estaba de pie, en la esquina de la barra, rodeada de sus tres compañeros de trabajo. Alfredo siempre pensó que se llamaría Eva. Era una chica con constantes ojeras, originadas por alguna responsabilidad excesiva desde su infancia.

Tardó en encontrar a la segunda; la que seguramente se llamaría Yolanda. Un cuerpo divino, cabello suave y abundante, castaño rojizo y sonrisa de medio lado. Era una mujer de aparente fortaleza y de unas caderas anchas.

Y la tercera estaba justo en la mesa de al lado. Era mayor que él. Unos diez años. Excesivamente responsable, aunque detrás de aquella fachada intuía un universo por descubrir. Su vestuario era siempre elegante, con aire retro, como de la campiña francesa. La acompañaba siempre una chica invidente, lo que en ocasiones la hacia sentir cierto pudor al no poder compartir con ella miradas cómplices. Alfredo había notado que en sus conversaciones siempre había algún tipo de desajuste. La conversación funcionaba pero el lenguaje verbal se quedaba cojo y eso siempre lo notaba Margarita, que era así como había imaginado que se llamaba.

Fran había comenzado ya su ritual. Mientras Tomás, el camarero, preparaba lo de siempre, él cogía varias servilletas para limpiar su lado de la mesa. Colocaba a su criterio el servilletero, el palillero y la carta, que se encajaba en una ranura de un pedestal de madera. Luego, apoyaba sus codos, juntaba sus manos y esperaba en silencio. —Es rencor —dijo mirando a través del cristal.

—¿Rencor? ¿A mí? ¿Alguien con esa pedazo de nómina y con tanta antigüedad tiene rencor a un recién llegado que las pasa putas para llegar a fin de mes?—contestó Alfredo.

Fran sonrió mientras rasgaba la marca reseca del cerco de algún vaso. —No. Bueno, no en un principio. —Aclaró.

—¿Quieres decir entonces que me tiene rencor por una especie de carambola? Pues qué bonito, hombre.

Fran miraba sonriente el brillo impoluto que reflejaba la mesa. Se tomaba su tiempo a la hora de hablar. Medía sus palabras como por algún deseo de control. A Alfredo sin embargo le gustaba fijarse a su alrededor. Era detallista, pero de cuestiones lejanas. Fran era bastante más mayor y llevaba mucho más tiempo en la empresa. Alfredo había entrado hace solo un par de meses.

Llegaron los desayunos. A Tomás no le hacía falta tomar nota. La mayoría de los allí presentes iban a desayunar a diario y se conocía de memoria los gustos de cada uno. Aquel era un barrio plagado de organismos públicos, con ejércitos de empleados que solían acudir a desayunar en grupos. Pero ellos no eran funcionarios, sino administrativos de una de una empresa constructora y tenían instrucciones claras de salir a desayunar, como mucho, en parejas.

Alfredo agradeció sonriente al camarero, su rapidez. Fran mantenía la vista fija en la zona de la mesa donde aterrizaría su servicio. Enseguida cogió la tarrina de mermelada. Alfredo se extrañaba al ver la manera en que Fran la sujetaba por la parte de abajo, con todos sus dedos estirados, mientras que con el pulgar de la otra mano acariciaba la esquina para separar la solapa de la tapa. La pellizcaba, la retiraba con cierto placer y la depositaba en un lado del plato, boca arriba. Hendía el cuchillo en la pasta gelatinosa, como si fuera un cirujano. Disfrutaba sintiendo cómo cedía a ambos lados de la incisión, hasta dejarla como una herida abierta. Acercaba sus ojos de modo que su cuello quedaba como el de una tortuga, estirado y paralelo a la mesa y echaba sus hombros para detrás, hasta juntar sus omoplatos.

—Todo empezó hace cinco años. —dijo mientras untaba la tostada. Giraba el puño entero cada vez que cambiaba el cuchillo de cara en su viaje de vuelta. Primero para allá, luego para acá, y en cada pasada, el radio de cobertura iba siendo mayor, hasta que la confitura de melocotón quedaba uniformemente distribuida por una de las caras del pan, como si viniera cubierta ya de fábrica.

Los ojos de Alfredo se abrieron de par en par, impaciente por alguna aclaración. Pero como siempre, terminaba prestando más atención al estado en que había quedado la rebanada. Sabía que le tocaría armarse de paciencia y asistir a cada uno de los rituales que poblaban la vida de Alfredo.

Antes de coger su bocadillo, cuajado de unas sardinas en aceite de oliva, con pimiento morrón y humus de garbanzo, miró a la chica de las ojeras. Bebía su café con delicadeza y reía con gracia. Su mirada no era del todo feliz. Lo tenía todo pero parecía no bastarle; como si echara en falta alguna cuestión de orden espiritual. Escuchaba con atención lo que decían sus compañeros. No reía como ellos, sino que sonreía con la taza en la mano. A veces hablaba y era interrumpida por cualquiera y ella se callaba sin perder la sonrisa. Luego, todos la mirarían para escuchar aquello que no pudo expresar.

Yolanda continuaba riendo. Sus mandíbulas se abrían sin complejos e inclinaba el peso de su cuerpo hacia delante para llevar la voz cantante en la mesa, sin llegar a ser consciente del poderío de su pecho.

Miró a Margarita y la descubrió mirando su bocadillo. Era una mujer delgada y cohibida, pero parecía haberse conmovido por la exuberancia del panecillo. En cuanto se supo descubierta, retiró la vista y repartió un suspiro disimulado por el local.

—Joaquín fue el fundador de la empresa. —dijo Fran mientras se llevaba a la boca el tenedor con una de las esquinas de la tostada.

—¿Fundador?¿Dueño? —contestó Alfredo cogiendo su bocata con las dos manos.

Fran había empezado ya a masticar, lo que auguraba una nueva dilación en la respuesta. Así que Alfredo aprovechó para zambullir su cabeza en el plato y propinar un bocado de cierto calibre. Sus labios quedaron aceitosos.

—Si —respondió al fin Fran. —Fue muy rico.

—¿Y qué pasó? ¿Por qué anda ahora ahí, aislado de los demás y tan amargado?—respondió impaciente Alfredo, con los carrillos hinchados. Margarita miraba su boca aceitosa mientras se mordía el labio inferior. Su compañera invidente inclinaba su cabeza a un lado y parecía intuir que su amiga andaba distraída.

—Hace quince años que Joaquín constituyó la empresa. Por aquel entonces trabajaba como responsable comercial de una aseguradora. Era muy bueno en lo suyo. Y le iba muy bien. —Fran se explicaba con sus manos apoyadas a ambos lados del plato, cada una de ellas con un cubierto que miraba al techo. Para él no había nadie a su alrededor. Era capaz de abstraerse del ruido del comedor y permanecer centrado en lo que estaba contando.

—¿En seguros? Y si le iba tan bien, ¿por qué cambió? —Alfredo no podía esperar para hablar. Lo hacía con la boca llena mientras masticaba, aunque se tapaba la boca tímidamente con su mano libre.

—Hay una etapa en la vida en que sobran energías y no ves más que oportunidades. Decidió dejar el mundo de los seguros para aventurarse en el negocio de la construcción. Y tuvo éxito, ¡vaya si lo tuvo! Tanto que llegó a tener numerosos edificios en construcción al mismo tiempo. Pero las obras no iban solas, no. Como todo en la vida, hay que estar muy encima de las cosas, si no, terminan por devorarte. Los problemas comenzaron a acuciarle. Los capataces se percataron de las carencias de Alfredo y relajaron los controles. Delegaban en operarios que también se desentendían. El coste de las obras se disparó y llegó a multiplicar la cantidad presupuestada. Además, se dejaron de implementar los procedimientos para minorar los riesgos de accidente. Todo eran imprevistos, urgencias, errores en los replanteos, etc. Se dio cuenta que necesitaba a alguien que le sacara de aquel problema y lo necesitaba rápido. De lo contrario, se encontraría con algún inconveniente serio. Entonces encontró a Guillermo.

—Guillermo…. ¿el jefe? ¿el de ahora? —preguntó Alfredo justo antes de propinar un nuevo bocado. Fran masticaba y cuando lo hacía, no hablaba. Esperaba hasta tragar con parsimonia y luego continuaba su explicación.

El bocadillo de Fran se estaba desmenuzando. Unas cuantas sardinas partidas asomaban su cola entre las tapas del panecillo y algunas tiras de pimiento chorreaban aceite. Había tenido la precaución de envolver la parte de abajo, la del pico, con unas servilletas que también se habían ido empapando, lo que le obligaba a tener que acercar su boca hasta el plato cada vez que lo mordía.

—El mismo —contestó Fran. Guillermo era un ingeniero eficaz. Por aquel entonces trabajaba para una gran empresa constructora que le hacía viajar por toda España. Era la persona ideal. Frio, calculador, distante y muy serio. Y lo suficientemente joven como para moldear su carácter. No quería a su lado a hombres como aquellos capataces resabiados, capaces de llevarle a la ruina por dinero o por desidia. Lo conoció cuando realizaba un estudio geotécnico en uno de los solares de la empresa. Luego se tomaron un café y le planteó directamente la posibilidad de asociarse. Le pagaría un fijo y cada año le liquidaría una parte adicional en función de los ahorros que fuera capaz de generar en cada obra. Y le permitió dedicar aquellos extras a la compra de acciones siempre con el límite del cincuenta por ciento del capital. Pensó que aquel incentivo serviría para capitalizar la empresa y que nunca llegaría a alcanzar aquel umbral. Pero se equivocó.

Guillermo comenzó a llevar registros milimétricamente calculados de todos y cada uno de los gastos previstos en cada proyecto. Y si alguien le planteaba alguna desviación, nunca se enfadaba, pero le daba por mirar a los ojos a todo aquel que se atreviera a informarle de una desviación. Alguien me llegó a decir que ni siquiera parpadeaba. Le daba por parar la obra y revisaba todos los cálculos con una paciencia infinita. Repasaba hacia atrás hasta llegar al error inicial, a ese leve despiste que había provocado la desviación con el fin de encontrar al responsable. Todo con una parsimonia asombrosa, sin importarle nada más que el motivo y el responsable del error. Los operarios de las obras se quedaban estupefactos al comprobar cómo alguien tan joven era capaz de hacerse respetar con tal frialdad y comprendieron que les iría mejor si trabajaban concienciados al máximo. Fue entonces cuando Joaquín supo que su empresa no tendría límites. Fueron días de mucho trabajo y de muchas ganancias. Formaban la sociedad perfecta y los dos ganaron mucho dinero.

—Pero… ¿y entonces? ¿qué pasó luego? —preguntó de nuevo Fran con impaciencia.

—Pues que un buen día se planteó la cuestión. —Fran acababa de introducir en su boca la última de las esquinas de la tostada. Mientras comía iba pensando en la escena que iba a narrar. Sus labios eran finos y al masticar permanecían herméticamente sellados, sin rastros de comida. La mandíbula se movía lentamente y dejaba caer los párpados como si estuviera realizando un ejercicio de introspección. Los cubiertos de guardia a ambos lado del plato.

—Pero…¿qué cuestión? —respondió Alfredo ansioso. Sobre sus labios había restos de comida y parecían inflamados. De hacerles una incisión, se abrirían de golpe, como la mermelada de Fran.

—Guillermo se había hecho con los mandos de la empresa. —continuó Fran. —Una persona como él no soportaba que los procedimientos no fueran lo suficientemente rigurosos. Comenzó a ver a Joaquín como la pieza que chirriaba en su engranaje y pensó que si la retiraba su maquinaria sería tan eficiente como el mejor reloj suizo. Una mañana, entró al despacho de Joaquín y le planteo la cuestión, fiel a su estilo directo y sereno. Apoyó su maletín de piel en una de las butacas frente a la mesa y sentó en la otra. Iba perfectamente peinado, con su raya tan recta como la arista de la mesa. Y con esos párpados que no terminaban nunca de abrirse del todo, dijo: “Joaquín, me gustaría comprarte tu parte del accionariado”.

—Ahhh, ¡claro! Por eso es el dueño ahora —dijo Alfredo.

Fran lo miró en silencio. No masticaba y tampoco cortaba ningún otro pedazo de su tostada. Parecía sorprendido ante la exclamación de su compañero. Alfredo por su parte comenzó a rumiar con cierta lentitud, como si hubiera encontrado algún cuerpo extraño entre sus dientes. Por primera vez se limpió sus labios y consiguió al fin retirar el brillo de la grasa.

—¿Tú crees que si fuera como dices, Joaquín tendría ese rencor que tiene ahora?

—Pues no… llevas razón. ¿Y entonces? —preguntó de nuevo Alfredo, que aprovechó para sacudirse los complejos y arrear un impresionante bocado. Fran comenzó a cortar un nuevo trozo de su tostada. Había acabado con las esquinas, pero la forma de aquel pedazo recién seccionado era bastante parecida. Parecía decidido a desestructurar una tostada en idénticos triángulos.

—No fue tan fácil, amigo. Joaquín se sentía poderoso y cada día más consciente de que era el fundador de una empresa que mostraba gran músculo financiero. Además, llevaba tiempo pensando que el único mérito de Guillermo había sido vigilar las obras, pero aquella era una labor al alcance de cualquier aparejador con una buena nómina. No era necesario ningún socio. Desde hacía tiempo llevaba pensando en la posibilidad de cotizar en bolsa. Era una posibilidad que empezaba vislumbrar con visos de éxito. Había leído en las páginas salmón que otras muchas lo habían conseguido y algunas incluso de menor tamaño. Se levantó de su sillón y comenzó un paseo por su despacho en silencio. Luego se dio la vuelta y, con las manos en los bolsillos, preguntó “Y… ¿cuánto dices que pagarías por cada una de las acciones?”. Guillermo no se movió. En su cabeza llevaba la cifra y esperaba la pregunta. Su estilo no era el de hacerse el misterioso. Así que contestó de inmediato: “doce euros por acción”. Aquello representaba mucho dinero. Más del que cualquiera de los dos había imaginado ganar en cien vidas como las suyas.

Tres mesas más allá, Yolanda reía a carcajadas. Abría su mandíbula sin complejos y mostraba una dentadura blanca, perfectamente encajada, como si fueran pestañas blancas. Era una sonrisa amplia y en cada gemido sus pechos se movían a impulsos firmes pero abundantes. Apoyaba su trasero en la punta de la banqueta para acercarse y manosear a sus compañeros. Irradiaba una gran energía y su voz era lo suficientemente sutil como para que el resto no se sintiera apabullado. Era un grupo joven. Quizás ninguno de ellos llegara a la treintena. En su mesa había botellines y varios pinchos de la casa. Pero Yolanda tenía en su mano derecha uno de esos bollos que se llamaban igual que la forma que aparentaba: un “cuerno”; cubierto de una fina capa de chocolate negro; que escondía en su interior una masa tan tierna que parecía hecha de una de esas nubes de azúcar que se disipan con la saliva; y cuyos cremosos pliegues envuelven en su interior una bolsa de chocolate fundido que termina sorprendiendo y empapando los labios de quien lo muerde.

Y fue en aquel preciso instante cuando el cuerno de Yolanda empapó su boca de aquella misma crema de cacao. Uno de los jóvenes bromeó y se abalanzó con su lengua fuera para lamer aquellos labios hasta dejarlos como las fresas brillantes, pero Yolanda le empujó con fuerza, ante las risas incontenibles de todo el grupo. Se divertían a pleno pulmón sin ser conscientes de que se encontraban en ese momento en que la vida les daba mucho más de lo que necesitaban.

Fran se dio cuenta enseguida que a Alfredo se le había ido el santo al cielo con Yolanda. Y continuó entonces con su explicación:

—Joaquín se tomó aquella propuesta como una especie de envite. Se dio cuenta que la persona que él mismo había contratado para vigilarle las obras le estaba ofreciendo un dineral por la empresa que él fundó. Era la señal que confirmaba la seguridad que sentía desde hace tiempo. Se preguntó entonces de dónde sacaría el dinero.

—¡Anda, es verdad! ¿de dónde lo sacaría? —pregunto Alfredo. Fran sonrió.

—Muy fácil. Y Joaquín lo descubrió a tiempo. La empresa tenía mucha liquidez. Bastaba con firmar un acuerdo a precio aplazado, entregar una pequeña cantidad el día de la firma y aplazar el resto un par de meses. Para entonces, el nuevo y único dueño de la empresa tendría sus manos totalmente libres para pagar con los propios recursos de la empresa. Bastaba con articular un sencillo mecanismo mercantil y sin tener que rendir cuentas ante nadie. “Esa misma cantidad te ofrezco yo por tu parte”, contestó Joaquín.

Imagen extraída de la película “El irlandés”
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