Leche de pájaro

Hundir mis dedos en la masa caliente de mis pasteles es embarcarme en un viaje. Hacerlo los sábados por la mañana es muy distinto a hacerlo durante un día de diario. Los días laborales la masa no se deja sentir porque todo corre cierta premura y la gente en la calle se apresura con una mirada ausente y con rostros indiferentes. Los sábados pasan los clientes a la tienda pensando en adquirir una monería de tiempo dulce. Suelen entrar a la pastelería otras personas, o quizás las mismas, pero distintas. Las mañanas de los sábados la ilusión expande mi presencia como la levadura a mis bollos, que se inflaman de esa paz de los conventos.

¿Ves? Entran por la puerta dos ángeles. Uno rubio y otro moreno, de esa edad en la que cuentas lo primero que te viene a la cabeza. Al llegar al mostrador, sus figuras se convierten en un gas que solo concretan la forma del dedo índice de la niña cuando señala su el pastel elegido.

— No me digas que no te encanta como huele… -dijo la niña rubia, que no había parado de hablar desde que había entrado.

— Si, dijo el ángel moreno. –Este ángel me era demasiado familiar. Callado, introvertido, siempre escuchando. Yo era igual de morena.

— Yo elegiré aquel pastel –deslizaba esas palabritas en el aire a sabiendas que alguna mano entraría en el escaparate para acercarle el pastel a sus labios.

— Y yo… dijo la otra niña. –Como yo, pensé.

— Mi mamá dice que este pastel es ruso. Se llama Ptichie molokó— ¿Ptichchi… qué?

He de reconocer que aquella niña rubia me dejó igual de sorprendida que a su amiguita. Pero no por encontrar aquel nombre tan raro. En realidad aquel pastel era ruso y aquel era su nombre.

— Si, Ptichie, ¿sabes qué quiere decir? – El Ángelmoreno y yo nos quedamos esperando como pasmarotes. Leche de pájaro –continuó-.

Dejé mis dedos hundidos en la masa y traté de concretar la imagen difusa proyectada en el cristal. Por encima del mostrador asomaban sus trenzas recogidas, como dos de esos churritos que coronan los suflés, uno de chocolate y otro de vainilla.

— En realidad es a mi padre a quien le encantan. Mi madre se los prepara los domingos. Hace muuuuchos–la niña estiró sus brazos e hinchó su pecho tanto como pudo, mientras la morena seguía con su mirada los extremos de sus brazos, sorprendida por la cantidad de leche de pájaro que conseguía su madre; y enseguida imaginó la terraza de su casa colmada de pájaros dispuestos a donar su leche. Igual que yo lo pensé…— Aprendió a hacerlos en Rusia. Allí se conocieron –volví a paralizar mis dedos dentro de la masa y ajusté de nuevo mi vista contra esa pantalla que mostraba sus mofletes rosas y los churretes de sus manos. Luego, observé de nuevo sus trenzas. La de vainilla no dejaba de moverse, mientras que la chocolateestaba tan quieta como yo.

Hace años yo tuve también una amiga tan rubia como esa niña. Y tampoco paraba de hablar. Bueno, de hablar, ni de otras muchas cosas. Decidimos emprender un viaje y acordamos que nuestro destino sería allá donde cayera un dedo como aquellos que había dejado marcados en la vitrina aquella niña rubia. Los dedos cayeron en Rusia y mi amiga se encargó de comprar los billetes. Un buen día se dirigió a la estación para hacerse con ellos.

— Por favor, dos billetes para Moscú.

— Perfecto, contestó el empleado. –Tras varios minutos, el taquillero le entregó un sobre y mi amiga abandonó la cola. Al salir de la sala, mi amiga abrió el sobre pero vio que solo contenía un billete así que volvió sobre sus pasos.

— Disculpe, verá… es que…

— Un momentito por favor, que atiendo al señor y después me comenta.

Mi amiga esperó educadamente a un lado hasta que el señor fue atendido y entonces el empleado la hizo un gesto enarcando las cejas.

— Verá, le pedí dos billetes pero solo me dio uno.

— Discúlpeme a mi. Usted me pidió solo uno.

Tras una conversación estéril, el empleado le suministró otro billete pero mi amiga lo revisó antes de abandonar la cola y comprobó que su billete no era contiguo.

— Pero no es contiguo…

— Lo siento es el ultimo. El contiguo se lo di a aquel señor.

Mi amiga salió corriendo y encontró al señor del billete a decenas de metros. — Disculpe señor, le importaría cambiarme el billete, es que somos dos y el empleado se equivocó y….

— Señorrita por favorrr. Déjeme en pass.

— Pero oiga…— ¿He dicho que no señorrita! Déjeme en pass.

Mi amiga me contó lo terrible del acento de aquel señor altivo y tosco, desalmado que no quiso escucharla, pero nunca supuse que lo fuera tanto. El viaje fue largo, muy largo. Yo estaba triste de observar a mi amiga al lado de aquel ser despreciable que dormía estirado, pulcro, en silencio. No roncaba, porque seguro no tenía pulmones, sino navajas. Movía sus codos sin importarle el espacio que ocupaba mi amiga. 

La luz del día se fue apagando hasta que se echó ese velo oscuro tras el cual asomaríamos a un paisaje nevado. Me despertó una corriente helada por mis tobillos y temí por mi amiga. Enseguida la busqué con la mirada y no pude creer lo que vi. La cabeza de aquel hombre ruso desalmado se apoyaba sobre el hombro de mi amiga, sonriente, con sus ojos cerrados y media sonrisa embriagada. Restregué mis ojos para asegurarme de lo que veía. No podía creerlo. El hombre despertó y para elevar su cabeza apoyó sus gigantescas manos sobre el hombro de mi amiga, que miraba embobada como el ruso recobraba la consciencia. Se miraron en silencio y sonrientes como si hubieran estado haciendo el amor toda la noche en aquel asiento. 

Traté de hacer mover mis brazos y mi cuerpo para rescatarla de aquel letargo envenenado que había capturado la voluntad de mi amiga, de mi aliada. Si no recordaba mal, hace escasos minutos estábamos las dos unidas contra aquel molusco gigante.  

Mi amiga se olvidó de mí, definitivamente. Al llegar a Moscú, salieron agarrados hasta el taxi y allí se despidieron. Fue entonces cuando mi amiga descubrió que había venido conmigo. Nunca olvidaré las palabras de aquel hombre desalmado al despedirse de mi amiga. — Siempre conmigo –y guiñó un ojo-.

— Oiga, señora!! – Uy me olvidé de mis ángeles. Aquí tiene. –La niña me entregó un billete para pagarme y yo saqué mis manos de la masa, y cogí el billete con la pinza de mis dedos. El ángel rubio me sonrió como lo hacía mi amiga a aquel hombre ruso. Y la niña morena se reía sin dejar de mirarme, como comprendiendo mi felicidad.

Los dos ángeles se dieron la vuelta con sus pasteles en lo alto, como bandejas de un camarero. Salieron como habían entrado, la rubia contando su vida y la morena escuchando sonriente. La niña morena abrió la puerta y mientras la sujetaba me devolvió una sonrisa. La niña rubia se giró en el umbral de la puerta y me dijo:

— Siempre conmigo. Y me guiñó un ojo.

Fotografía: Vivían Maier

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