Amanecer desde un valle

El término amanecer tiene connotaciones generalmente optimistas asociadas a un renacimiento de algo. Sugiere una especie de re invención, regeneración o resurgimiento.

Hay amaneceres de muchos tipos, en función de la ubicación de quien lo contempla y de la orografía del terreno. Hoy he podido presenciar uno desde un pequeño valle. Cuando el cazo vierte el caudal de luces por los terrones de tierra apelmazada, los animalillos se dispersan conmovidos por un instinto de primitiva esperanza. Las aves surcan el valle deslizando ese velo de color que termina cubriendo el eco misterioso de sus reclamos. Y de repente, todo vuelve a latir con la misma cadencia de siempre, como si nunca hubiera sido plateado.

Lo que más me conmueve es la luz de los primeros rayos, cuando se expanden a ras del suelo y encienden esas brasas que habían quedado ahogadas. Y tocan con sus dedos a las flores, removiendo los insectos y azuzando a los conejos.

Y siempre me ha llamado la atención que los acordes de las mañanas bajo formas de graznidos se asocien con los primeros haces de fuego, pero sin llegar a integrarse del todo. Como dos llamas de la misma vela. En un valle todo resuena, hasta los primeros rayos; y los olores varían sus registros según la luz.

Los amaneceres sirven para que los haces de luz atraviesen el hilo del que cuelga suspendido el oscuro día.

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