Tras la otra puerta que nos queda.

En estos momentos la teoría y el sentido común nos dice que tratemos de no responder al confinamiento desde el cerebro reptiliano (bloqueo, huída, lucha) ni desde el límbico (emocional). Dejemos que la información llegue al neocórtex, contemos hasta 10, y respondamos desde la racionalidad propia de los seres humanos. Sin embargo, también parece muy lógico que esto lo dejemos para las horas de trabajo, porque después nos vence la emoción.

Como parece que una de las emociones más comunes ahora mismo es el miedo, decidí asistir a la conferencia de Julio de la Iglesia. Agradezco a la plataforma de ThinkingHeads las oportunidades que nos brindan de poder asistir a sus fuentes del conocimiento. Me interesaba mucho conocer cómo un TEDAX (ver cualidades en convocatoria) gestiona el miedo y no me defraudó en absoluto. Parece mentira que un artificiero sea capaz de analizar el proceso íntimo de gestión de un desafío en el que no existe plan «B». O se ejecuta el plan «A» o vamos mal. Quizás sea una cuestión de enfoque voluntario; de que seamos capaces de gestionar un enfoque práctico en lugar de dejarlo en manos de la exuberancia irracional colectiva (Alan Greenspan dixit)

El ser humano ha pasado por diferentes etapas de mayor o incluso catastrófico desarrollo. Pudiera parecer que la época actual es de gran desarrollo. Se trata de una época en la que estamos siendo capaces de lograr insospechados descubrimientos de nuestro entorno. Hemos desembarcado en la luna y ahora pretendemos convertirla en nuestra planta productiva y ya existen agencias de viajes especializadas en viajar al espacio. Hemos inventado una realidad aumentada, como si fuera poco la que tenemos. Incluso somos capaces de comunicarnos cerebralmente, sin necesidad de hablar ni escribir, solo con pensar. Es una época en la que se han conquistado todos los territorios externos llegando incluso a convertirnos en cyborgs, humanos con partes robotizadas. Puede parecer fascinante, aunque creo que nos encontramos dándole vueltas a la misma cosa. Pondré algún ejemplo:son conocidas las tribus de aborígenes australianas capaces de comunicarse telepáticamente sin necesidad de tanto aparato. Y qué decir de la utilización ancestral de la glándula pineal. Investiguen los secretos que encierra esta glándula que la civilización egipcia conocía y fomentaba, representada por el ojo de Horus, Dios de Los Cielos. Lo dice la ciencia, para aquellos que se niegan a abrirse sin el bastón de la ceguera.

Sin embargo, hay un territorio sin conquistar, una puerta sin abrir. Cuando acaba la primera fase del confinamiento, llega otra más interesante. Cuando nos damos cuenta que la puerta de la calle no se abre, lo hace otra que siempre estuvo ahí. Hay una puerta que utilizábamos a menudo hace mucho tiempo, cuando cruzábamos su umbral y solo volvíamos cuando escuchábamos una voz que nos recordaba que había que merendar o hacer los deberes. Pasó el tiempo y la puerta se fue entornando poco a poco e hizo que la fuéramos olvidando y sobre ella fuimos apoyando enseres decorativos y muebles que nos venían muy bien para para guardar objetos o decorar.

Poco a poco se fue convirtiendo en una excelente pared muy práctica y dejó de servir como puerta porque ya teníamos una y además, ya sabemos que una casa con dos puertas es difícil de guardar. Sin embargo, esa única puerta que tenemos, ahora no se abre. Algunos hemos empezado a retirar esos trastos que ocultan aquella otra salida y descubrimos que nunca se llegó a cerrar del todo. Miro todos esos trastos que he retirado y me doy cuenta que han perdido su brillo. Y miro después esa puerta oculta y parece moverse por las corrientes del misterio. Por la ranura se cuela una nube de luz que se desvanece al entrar, pero permite rezumar aromas que inflaman unos recuerdos desestructurados, que me conducen por un camino en el aire por el que avanzo con mucho tiento  para no precipitarme a … un vacío que no acierto a ver.

Entones surge un miedo que en realidad creo que es un profundo deseo de ser conquistado, porque se intuye que tras esa puerta hay algo muy … mío. Arrimo mi rostro a la ranura para ver y apoyo mi mano en el picaporte. Cierro los ojos pero siento que brillan. Mientras, mi olfato gradúa las compuertas de la sorpresa que surge ante una gran fuente de luz que avanza para inundar un sueño con el que crecí.

Pero hoy tampoco será. Mi mano decide finalmente empujar la puerta sin pensar, aunque no se termina de cerrar. Sigue dejando entrever esa luz tumultuante. Quizás mañana me termine de decidir. Quizás cuando la ciencia certifique lo que se esconde tras esa puerta. Quizás mañana.

Puerta de Palazzo Zuccari de Roma.
Puerta de Palazzo Zuccari de Roma (Via Sistina)

 

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