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Suspiro a fuego lento

Los patios son las almas de los edificios. En ellos resuenan los ecos de las vivencias de sus moradores. Los hay silentes y fríos pero también los hay que bullen como cazuelas. Unos huelen a cañería atascada, a veces a peluquería de señora y otras a perdiz escabechada. Desde hacía algún tiempo que el patio de la Calle Trisquel rezumaba un alborozo inusitado. Desde lo alto no se distinguía bien pero si uno se aproximaba lo suficiente se podían apreciar trincheras desde las que se defendían valientes soldados, o caballos cabalgando entre valles o incluso estrictas enfermeras que mandaban callar a sus pacientes que tras recuperarse se convertirían en legendarias estrellas de futbol.

Cada vez que Daniel asomaba sus naricillas por la ventana del segundo piso veía intranquilo a los indios acechar los límites del fuerte y a elefantes hacer equilibrios imposibles ante un valeroso domador. Así, hasta que un buen día se hartó de husmear y salió disparado hacia la puerta, la abrió de un salto y tras coger su patín naranja del paragüero, acudió a rescatar a su vecina Irene, que estaba siendo cruelmente asediada por una cuadrilla de impíos piratas. Desde la cocina, su madre lo había visto cruzar el pasillo a toda prisa. Terminó de pelar las patatas y se limpió con el delantal para abrir la ventana y asomarse. No quería perderse el rescate de Irene por parte del valeroso Daniel, a lomos de su patín.

— Qué graciosa esa Irene, siempre con su diadema azul –pensó en voz alta-.

No había prisa ninguna. Los viernes eran vísperas. Mantuvo la ventana abierta para dejar ir los vapores que irían manando de la nutritiva olla. El fuego lento hacía rezumar las esencias de cualquier condimento y un simple hueso bastaba para transformar el agua en un sabroso caldo.

La cocina era como una bola de cristal desde la que se podía vigilar al niño en el patio, saludar a quien entrara en casa y despedir a quien se fuera de ella; se ajustaban las cuentas y se enjuagaban justamente las preocupaciones; los recuerdos maceraban en aliños equilibrados y los planes hervían a fuego lento. Si el patio era el alma de las casas, se podía decir que la cocina era la fuente.

Luego de un buen rato al cuidado de la cazuela, la puerta de casa se abrió y Daniel lanzó sus llaves sobre el almirez del aparador. Se acercó a la cocina mientras aspiraba los sabrosos efluvios que salieron a su encuentro y besó a su madre.

— Mmmm…qué rico madre… (beso)

— Mmmm …qué bien hueles hijo (silencio). ¿Y esa pulsera? -Daniel se sonrojó. Se paró y la miró indeciso-.

— Me la ha regalado Irene –reconoció-.

— Me gustan esos colores –dijo al tiempo que paladeaba el caldo tras apartar con la cuchara de palo la fina capa de grasa-.

— Azul y naranja. Siempre te gustaron. Me ducharé. He quedado…

Daniel entró al baño y se miró al espejo como acostumbraba últimamente. Se quitó la pulsera y la olió con sus ojos cerrados. Luego,  la dejó estirada sobre el lavabo. Se volvió a mirar en el espejo y se atuso la indómita espesura de  su cabello donde las manos se perdían de vista. Abrió la mampara de la ducha y se adentró bajo el chorro, dejando empapar su cuerpo de anhelos que erizaron su piel. Se enjabonó con lentitud, sintiendo en cada pliegue la fragancia de su pulsera. Tras aclararse, aquel chorro amainó y se esfumó, devolviendo a Daniel a la premura de su cita.

Abrió la mampara y sintió un frío insobornable que recorrió todo su espinazo. Alargó su brazo para alcanzar una de las dos toallas. Cogió la suya, la naranja, y deslizó delicadamente la azul a un lado. Bastaron solo dos pasadas para secar su cabello plateado. Tomó su pulsera y rodeó su muñeca con ella pero sus dedos no supieron abrocharla. Se vistió y se la guardó en el bolsillo. Salió del baño pero volvió sobre sus pasos para perfumarse.

Se dirigió decidido hacia la puerta, introdujo su mano en el almirez pero solo extrajo una llave. Se inclinó sobre el paragüero para coger su patín pero solo vio un bastón. Lo examinó circunspecto.

— ¿Dónde vas? -Daniel se giró desorientado, asomó su cabeza por la puerta de la cocina y vio una anciana tejiendo. Daniel la observó inclinando su cabeza. Avanzó hacia ella lentamente, apoyándose en su bastón. Sobre la mesa estaban preparados dos platos. Entonces miró la olla y se asomó para oler-.

— ¿Qué haces? –preguntó la anciana.

— No sé –contestó Daniel tras pensarlo-. ¿Y tú? –preguntó acercándose-.

— Un jersey.

— Qué colores tan bonitos –Daniel miró asombrado el movimiento de aquellos dedos-. ¿Sabes? Son los preferidos de Irene. La va a encantar. -La anciana sonrió, le miró y, cuando Daniel se giró para marcharse, dejó deslizar dos veloces lágrimas-.

— Irene dice que comerá hoy contigo. Se la hizo tarde. -Daniel miró de nuevo a la anciana y dijo:-

— Entonces la esperaré aquí, a tu lado. –Se sentó despacio en la otra silla-.

— Claro, a la olla le queda un suspiro.

Daniel la observó con  cierto recelo, pero cuando miró su diadema azul, cerró sus ojos y apoyó su espalda sobre la silla.

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