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Apuntes. Recuerdos.


Todos los sábados por la mañana le
 visitábamos. Al asomar mi cabeza por la puerta del salón se le podía ver sentado en su sillón orejero, tamborileando con sus dedos sobre el terciopelo algo ajado del reposabrazos. Detrás, la ventana dejaba entrar auténticos chorros de una luz cegadora para todos los demás. El, sin embargo, solo notaba el calor del sol en las primeras horas de las mañanas invernales. Solíamos sorprenderle siempre imbuido en su música hasta que nos acercábamos para que nos besara en la frente mientras nos cogía por los hombros.  Yo trataba de alargar el cuello, como las tortugas, para que no se inclinara demasiado y para oler mejor su impecable afeitado. Su brillante cara olía como las páginas de los libros nuevos. 

 

A su derecha, pegado a la pared, estaba el mueble de los discos. Había centenares de ellos minuciosamente ordenados como las páginas de un libro abierto, dejando el hueco del disco que escuchaba. La música dejó de sonar y la aguja del tocadiscos empezó el ritual de cambio de guardia que vuelve a su garita. Entonces mi abuelo se levantó lentamente para acercarse a aquel mueble tan limpio que podía ver mi rostro reflejado en los estantes. Sus dedos empezaron entonces a caminar a tientas por la balda hasta topar con el filo del vinilo. Lo extrajo sutilmente con la yema de sus dedos que amollaban por la marca del canto hasta que lo apoyó contra su batín de lana,  ceñido por una impecable lazada en la cintura. Entonces, su mano derecha se deslizó por el estante hasta dar con un tirador de hierro labrado. Tiró de él para extraer del interior de aquel cajón un pequeño cepillo de terciopelo con el que acarició las dos caras del disco en sentido horario. Decía que era para quitarles el polvo, pero claro, él no veía que allí no había ni una mota. Enfundó el disco en un plástico fino y crujiente que se quedaba adherido entre los dedos. Después, lo introdujo en su estuche de cartón y lo dejó en su sitio con suma serenidad.

 

Se sentó de nuevo y, tras quitarse aquellas gafas de charol negro, recostó su cabeza sobre el sillón sin percatarse que yo todavía permanecía allí, esperándolo, lo cual, le provocó una agradable sorpresa. Entonces le cogí una de sus manos y le entregué algo. 

 

 ¡Pero Nichi! ¿qué es esto?
 Un radiocasete abuelo. Con cascos. Son mis reyes. 

 

Sabía que se sorprendería. Entonces, sus diez dedos blancos empezaron a deslizarse por aquel aparato como si fueran diez gusanos de seda. Yo solía sentir en mi cuerpo el tacto de aquellas caricias, por eso me gustaba mirarlos. La punta de sus dedos estaban coronadas por unas brillantes y aristadas uñas, como láminas de cuarzo. Entonces miré su cara para contemplar su emoción, pero descubrí algo. Se había olvidado de ponerse sus gafas, dejando al descubierto su secreto. Sus ojos se movían afanosos para todos los lados. Comprendí que aquellos ojos miraban hacia adentro y que eran como pinceles con los que dibujaba en el lienzo de su cerebro la realidad  que le transmitían unos dedos que reconocían el terreno, como lo hacen los cuerpos de los caracoles, pegados con sus ventosas y tentando con sus antenas. Y más allá de sus dedos, todo un complejísimo sistema de poleas y correas facilitaban la transmisión de aquella información hasta sus ojos, que habían aprendido a dibujarlo todo como en realidad eran las cosas. Y por esto lo tenía todo tan ordenado y tan controlado. Supo construir aquel sistema porque conocía el artificio de Juanelo Turriano. Aquel maestro relojero del rey lo había hecho mucho antes. A mí me lo explicó. Me contó cómo había inventado un complejo entramado de cazuelas y poleas capaz de transportar el agua desde el profundo rio Tajo hasta las alturas de la roca donde había construido su palacio. 

 

Aquel día descubrí su secreto y entonces, le puse sus gafas todo lo rápido que pude, para que pareciera todo natural. Solo yo lo supe y no lo desvelé jamás, porque a un abuelo se le quiere. Y entonces comprendí que, cada vez que contaba la historia del artificio de Juanelo, en realidad quería explicar su secreto, aunque nadie se enteraba. 

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