INTELIGENCIA EMOCIONAL

Por qué tus emociones son la clave del éxito

En posts anteriores he tratado el concepto de éxito y me refería a que las palabras son jaulas de conceptos. La palabra “éxito” actualmente tiene algunas connotaciones que quizás no tenga demasiado que ver con su significado y etimología. Sin embargo y sin ánimo de extenderme demasiado, la RAE indica que se trata del resultado feliz de un negocio. Es decir, podríamos decir que

El éxito es el estado experimentado tras alcanzar un objetivo.

 Aun así, sería necesario analizar esta definición, dado que de ella se deduce que el éxito se produce tras realizar un trayecto hasta alcanzar un punto destino. Por tanto, comporta un origen, un camino y un destino, los cuales serían susceptibles también análisis más profundo, aunque me limitaré a plasmar algunos conceptos relacionados con cada uno de ellos:

Origen

Camino

Destino

Toma de consciencia Nivel disfrute Calidad Objetivo
Recursos Estado de ánimo Claridad del objetivo
Planificación Ejecución estrategia Frustración
Fisiología Conocimientos Alegría
Discernimiento
Fluidez
Plenitud

El propio proceso de tomar consciencia de tu situación de origen, de tu estado anímico, de tus recursos, etc., así como de evaluar la estrategia necesaria para abordar el objetivo y elaborar un plan de acción realista, así como la propia selección del objetivo que transmita esa sensación de éxito, vendrá determinada por el nivel de inteligencia de cada persona. Habrá quien aborde este proceso de manera aguda, consciente de una economía de recursos y otros que establezcan objetivos demasiado idílicos que generen frustración en lugar de fluidez.

Pero la buena noticia es que la inteligencia necesaria para definir este proceso con éxito, puede entrenarse y mejorar. La sabiduría es el arte de organizar este proceso de manera sencilla y efectiva.

Aristóteles decía que la sabiduría consiste en un correcto deliberar, eludiendo incluso debatir. El debate suele ser un proceso generador de egos en los que suele ser habitual pasar de las evidencias necesarias a las creencias y para construir argumentos solventes necesitamos evidencias y no opiniones sin demostrar.

El proceso del que se alimenta la inteligencia consiste en nutrirse de conocimientos abundantes y evidentes que aumenten el umbral de discernimiento necesario para alcanzar un nivel de consciencia desde el que poder evaluar las conductas. Las funciones ejecutivas dirigen este proceso desde la corteza prefrontal del cerebro. Además, una práctica bien dirigida, mejoraría el desempeño de las funciones ejecutivas y orienta nuestra atención a una selección de nuevos conocimientos y de mejor calidad, lo que reinicia el proceso.

Sócrates concluyó que el saber, por tanto, es la fuente de la felicidad. Un estado de plenitud como el que aporta la felicidad sirve para potenciar la experiencia del camino al objetivo. Aunque el concepto de felicidad, sobre el que se ha investigado tanto desde tiempos inmemoriales, no cabe duda que es escurridizo. Se busca con denuedo, parece que se alcanza en ocasiones aunque no terminamos de constatarlo, cuando de repente, se vuelve a esfumar.

Es necesario guardar un equilibrio entre la razón y el corazón. Por ejemplo, en la fijación de objetivos es fácil dejarse llevar por cierta ambición o codicia o envidias, que provocarán objetivos inalcanzables o deshonestos. Por otro lado, en ocasiones se puede caer en la complacencia y fijar unos objetivos demasiado asequibles para nuestras competencias y por tanto caemos en el aburrimiento, lo que desmejora la sensación de plenitud del camino. Por eso es tan importante un correcto discernir en cada momento.

Por tanto, si todo se inicia por los conocimientos, podríamos decir que la ignorancia es la peor de las miserias. Esto era lo que afirmaba la reputada “Escuela de Atenas”. En esto del saber, el aprendizaje es determinante. La educación en la sociedad debería tener un papel preponderante sobre cualquier otra actividad. Y en este proceso, podríamos decir que el cerebro es la parte del cuerpo más comprometida. La neuroeducación estudia los procesos psicológicos que intervienen en los comportamientos de la educación.

A la hora de seleccionar el camino hacia el objetivo echamos mano de la inteligencia. O mejor dicho, es ella la encargada de definirlo. Pero, ¿qué inteligencia es la encargada de estos menesteres? La inteligencia es autogobierno mental de nuestros procesos cerebrales y proporciona los medios para ese gobierno, de igual manera que actúa el gobierno de un país.

“Cuando hay una buena cabeza, la persona es capaz de seleccionar, anticipar, prever y asociar ideas a fin de obtener la conducta más apropiada ante una necesidad.”Enrique Rojas.

Por tanto, todo parte de los conocimientos que se convierten en el combustible del proceso inteligente. La inteligencia cognitiva, medida por el cociente intelectual nos dará la medida de la capacidad de ingresar esos inputs.

Pero también las emociones son determinantes. Estas son el motor que mueve todo el proceso. “Emoción” viene del verbo en latín “emovere”, energía en acción. De igual manera, la inteligencia emocional nos da la medida de la capacidad de cada persona de gestionar las emociones propias y ajenas de manera eficiente de cara a alcanzar un objetivo.

Estos dos tipos de inteligencias funcionan en el cerebro de manera paralelas e independientes, si bien son dirigidas por otro plano del cerebro. José Antonio Marina, en su libro “La inteligencia ejecutiva”, escribe que las funciones ejecutivas del cerebro son las encargadas de coordinar ambos procesos inteligentes (emocional y cognitivo). La inteligencia ejecutiva funciona en un plano superior y se encarga de coordinar y sincronizar toda la información que aportan las emociones y los conocimientos. Articula la verdadera conducta inteligente.

La inteligencia ejecutiva es la que realmente se encarga de fijar las metas, de diseñar las estrategias y de ejecutar el plan de acción , modulando nuestra capacidad para autojuzgaranos. De hecho, cuando los lóbulos prefrontales no han madurado del todo, nuestra capacidad ejecutiva no es plena. La mielinización total del cerebro no se alcanza hasta la edad media de 25 a 30 años. Es un hecho conocido la irreflexibilidad de los adolescentes, que suele causar frustración en los educadores al no comprender determinadas conductas. Esta es la explicación.

Cuando nos sentimos en “la zona”, el cerebro segrega dopamina. Es la hormona motor del cuerpo. Aporta placer por sentimientos de recompensa y empuja al cuerpo a iniciar o continuar una actividad. Pero cuidado porque una mala educación podría enseñar al cerebro a segregar esta hormona de manera inoportuna, reforzando entonces actitudes como la codicia desmedida. Por este tipo de educaciones se generan conductas corruptas que tanto nos rodea. Por eso es tan importante en niños reforzarles las conductas que persiguen fines constructivos, nobles y honestos.

Por eso la importancia de una educación adecuada. La dopamina es segregada gracias al sentimiento de alcance de nuestro objetivo. Podríamos decir que el objetivo adecuado es causa y consecuencia de dopamina. Por eso la importancia de un adecuado establecimiento de objetivos. También lo son el amor y la ilusión por un proyecto de vida. Sin embargo, cuando los objetivos son inoportunos o desmedidos, la dopamina deja paso a otro tipo de hormonas como el cortisol, la hormona del enfado y la frustración. Nos invade entonces el cuerpo una sensación desagradable que mina nuestra autoestima.

Las funciones ejecutivas se encargan de modular la idoneidad del objetivo y proporcionan el talento necesario para afrontar objetivos de manera efectiva. Estas funciones son las que gobiernan el proceso del éxito.

Os dejo el boceto sobre el que he iniciado este trabajo sobre el éxito. Como veis son numerosos los temas, de los que me gustaría haceros participes, porque esto de la felicidad es cosa de sinergias.

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